Thursday, January 07, 2010

IGLESIA ABANDONADA

Federico García Lorca (1898 - 1936)


(BALADA DE LA GRAN GUERRA)

Yo tenía un hijo que se llamaba Juan.
Yo tenía un hijo.
Se perdió por los arcos un viernes de todos los muertos.
Le vi jugar en las últimas escaleras de la misa
y echaba un cubito de hojalata en el corazón del sacerdote.
He golpeado los ataúdes. ¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Saqué una pata de gallina por detrás de la luna y luego
comprendí que mi niña era un pez
por donde se alejan las carretas.
Yo tenía una niña.
Yo tenía un pez muerto bajo la ceniza de los incensarios.
Yo tenía un mar. ¿De qué? ¡Dios mío! ¡Un mar!
Subí a tocar las campanas, pero las frutas tenían gusanos.
y las cerillas apagadas
se comían los trigos de la primavera.
Yo vi la transparente cigüeña de alcohol
mondar las negras cabezas de los soldados agonizantes
y vi las cabañas de goma
donde giraban las copas llenas de lágrimas.
En las anémonas del ofertorio te encontraré, ¡corazón mío!,
cuando el sacerdote levanta la mula y el buey con sus fuertes brazos,
para espantar los sapos nocturnos que rondan los helados paisajes del cáliz.
Yo tenía un hijo que era un gigante,
pero los muertos son más fuertes y saben devorar pedazos de cielo.
Si mi niño hubiera sido un oso,
yo no temería el sigilo de los caimanes,
ni hubiese visto el mar amarrado a los árboles
para ser fornicado y herido por cl tropel de los regimientos.
¡Si mi niño hubiera sido un oso!
Me envolveré sobre esta lona dura para no sentir el frío de los musgos.
Sé muy bien que me darán una manga o la corbata;
pero en el centro de la misa yo romperé el timón y entonces
vendrá a la piedra la locura de pingüinos y gaviotas
que harán decir a los que duermen y a los que cantan por las esquinas:
él tenía un hijo.
¡Un hijo! ¡Un hijo! ¡Un hijo
que no era más que suyo, porque era su hijo!
¡Su hijo! ¡Su hijo! ¡Su hijo!

DO LIVRO POETA EM NOVA YORK (XVI)


IGREJA ABANDONADA
(BALADA DA GRANDE GUERRA)

Eu tinha um filho que se chamava João.
Eu tinha um filho.
Perdeu-se pelos arcos numa sexta-feira de todos os mortos.
Eu o vi brincar nos últimos degraus da missa
e jogava um cubinho de folha-de-flandres no coração do sacerdote.
Golpeei os ataúdes. Meu filho! Meu filho! Meu filho!
Saquei uma pata de galinha por trás da lua e logo
comprendi que minha menina era um peixe
por onde se afastam as carretas.
Eu tinha uma menina.
Eu tinha um peixe morto sob a cinza dos incensários.
Eu tinha um mar. De quê? Meu Deus! Um mar!
Subi a tocar os sinos, mas as frutas tinham vermes
e os fósforos apagados
comiam os trigos da primavera.
Eu vi a transparente cegonha de álcool
aparar as negras cabeças dos soldados agonizantes
e vi as cabanas de borracha
onde giravam as taças cheias de lágrimas.
Nas anêmonas do ofertório te encontrarei, meu coração!,
quando o sacerdote levanta a mula e o boi com seus fortes braços,
para espantar os sapos noturnos que rondam as paisagens geladas do cálice.

Eu tinha um filho que era um gigante,
mas os mortos são mais fortes e sabem devorar pedaços de céu.
Se me filho tivesse sido um urso,
eu não temeria o sigilo dos caimães,
nem teria visto o mar amarrado às árvores
para ser ferido e fodido pelo tropel dos regimentos.
Se meu menino tivesse sido um urso!
Me cobrirei com esta lona dura para não sentir o frio dos musgos.

Sei muito bem que me darão uma manga ou a gravata;
mas no centro da missa eu quebrarei o timão e depois
virá até a pedra a loucura de pinguins e gaviotas,
que dirão aos que dormem e aos que cantam pelas esquinas:
ele tinha um filho.Um filho! Um filho! Um filho
que não era mais que seu, porque era seu filho!
Seu filho! Seu filho! Seu filho!

Tradução: Claudio Daniel